jueves, 17 de febrero de 2011

Catarsis: Antecedentes de una marcha perdida

La brisa rozó mi rostro libre e inquieto, susurrándome destellos efímeramente fugaces de tranquilidad y no pude evitar pensar, que si las circunstancias, en algún momento dado hubiesen sido mínimamente distintas, ese día en la carretera que pasaba junto a aquel río nunca hubiese irrumpido nuestro momento, ni hubiese perturbado el único rato libre de nuestras perturbadas vidas.
Fue dramático e insólito, de un sonido escalofriante y perdido, el auto se había volcado luego de un feroz estallido; dejando en cúspide caída todo lo que amábamos… Y buscábamos.

Recuerdo a ver pasado mis manos por tu cabello revuelto y ensangrentado, aquél que alguna vez fue terso y suave, casi tan suave como la brisa que pasa en silencio por mis mejillas, ese, tu pelo, ahora yacía entre mis manos tan rizo como de costumbre, tan enredado e incontrolable, como tú, así como había sido siempre y que le daban esa apariencia de alegría inflexible a tu carita.
Me arrodillé aferrándome a ti con las fuerzas que aun me quedaban para sostener mi alma en pie, y apretujé entre mis dedos, el lazo azul que tenías entre las manos, entre tus dedos engarrotados.

Y las luciérnagas revoloteaban con dispersión, haciendo alusión a un lugar bello en medio de una escena siniestra, tan embelesadas en ellas mismas, tan inconcientes, tan inocentes…
El rostro del conductor se había estrellado contra el parabrisas y aquel Fords Roy de color vinotinto opaco había quedado totalmente destruido, casi tanto como la deformación de su rostro, y el color blanco de su piel, amoratado, pedía a gritos suturas en las aberturas más profundas de su carne, ya inerte y muerta.

Traté de levantarme, vano, desorientado, casi al borde de una desesperación frenética, y mis piernas entumidas se tambalearon aun sin a ver conseguido levantarme y te tomé como pude entre mis brazos. Corría con la esperanza de sellar la parte abierta de tu cabeza, así fuese, hasta el último momento, no pararía de correr, trataba de no agravar tus heridas, los daños que habían ocasionado las cortantes latas contra tu cuerpo.

Mis rodillas se vieron dóciles ante el impulso de pesadez y cansancio, y fueron vanos los esfuerzos que hice por no detenerme, ¡Te me ibas!, ya había estado tanto tiempo sin ti ¡No quería perderte!... Tragué saliva, y aparté de mí todo deseo idiota de querer llorar, ¿De que me servían ahora los sentimientos?, sin ti, de nada sirven.
Me arrastré entre lo áspero de las piedras, sentía el golpeteo de los carros cerca, pero al intentar levantarme caí de bruces al piso y encima de ti, y mi esperanza se desvaneció, al igual que todo lo ocurrido afectó a mi visión, y acabó por socavar con todas las esperanzas que aún vivían en mí.

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